Tarde de otoño. Gris acero.
Gastada de tanto suceder.
Siembras oro en las sienes de mis árboles en pie,
y anuncias la vejez prematura de la mañana.
Tus aguas resbalan sin pudor y sin cuidado
sobre el envés dolorido de las manos.
Recorren, pacientes, peregrinas,
las heridas antiguas de las ilusiones.
Y yo, tu amante, adoro en silencio
el grito mudo de esas aguas, sin dejar de amarte.
Tus nubes ocultan la luz, extrañas, doloridas.
Claman despedidas y el vacío de las canciones.
Y yo, tu amante, adoro en silencio
la mueca triste de tu cielo, sin dejar de amarte.
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