Esta tierra. A veces verde, a veces dorada. Se nos muere entre las manos cada mañana. Hollamos el fango que nos sustenta con pasos de veneno. Con sombras. Con deseos. Torpes.
Estas piedras. A veces rotas, a veces quietas. Nos asoman al reflejo de una quimera. Cada ida es una vuelta. Sembramos, una a una, las heridas venideras. Cosechamos alegrías llevaderas. Pasajeras.
Este aire. A veces limpio, a veces mudo. Se enamora en las ventanas. Pero dejamos escapar tanto amor de los cálidos nidos. ¡Qué ciegos los construimos!
Estas nubes. A veces blancas, a veces pesadas. Se derrumban en las cumbres, ¿conquistadas? En cada sonrisa, flotamos prendidos a una ilusión. Después lloramos. Al final, sólo el perdón. Pero solos.
Este mar. A veces ligero, a veces sabio. Juguetea en las orillas de nuestros labios. Buscamos la vida
que nos inunda fuera de nosotros. El mar ahoga el miedo a vivirla. Y aún callamos.
Esta agua. A veces justa, a veces amarga. Nos enjuaga las tristezas olvidadas. Soñamos en cada cama, con el correr de los ríos. De las aguas. Con recordar las miradas. Lejanas.
Esta luz. A veces madre, a veces clara. Se nos cuela en el desván de nuestra alma. Prendemos un carbón que nos calienta las ilusiones muertas. Con lágrimas. Como yesca. Que no prende.
Este fuego. A veces dueño, a veces ciego. Nos consume al rescoldo de nuestro cuerpo. Y todos, enamorados de su pureza, bailamos al son de su latido. Los acordes del destino. Que no existe.
Estas piedras. A veces rotas, a veces quietas. Nos asoman al reflejo de una quimera. Cada ida es una vuelta. Sembramos, una a una, las heridas venideras. Cosechamos alegrías llevaderas. Pasajeras.
Este aire. A veces limpio, a veces mudo. Se enamora en las ventanas. Pero dejamos escapar tanto amor de los cálidos nidos. ¡Qué ciegos los construimos!
Estas nubes. A veces blancas, a veces pesadas. Se derrumban en las cumbres, ¿conquistadas? En cada sonrisa, flotamos prendidos a una ilusión. Después lloramos. Al final, sólo el perdón. Pero solos.
Este mar. A veces ligero, a veces sabio. Juguetea en las orillas de nuestros labios. Buscamos la vida
que nos inunda fuera de nosotros. El mar ahoga el miedo a vivirla. Y aún callamos.
Esta agua. A veces justa, a veces amarga. Nos enjuaga las tristezas olvidadas. Soñamos en cada cama, con el correr de los ríos. De las aguas. Con recordar las miradas. Lejanas.
Esta luz. A veces madre, a veces clara. Se nos cuela en el desván de nuestra alma. Prendemos un carbón que nos calienta las ilusiones muertas. Con lágrimas. Como yesca. Que no prende.
Este fuego. A veces dueño, a veces ciego. Nos consume al rescoldo de nuestro cuerpo. Y todos, enamorados de su pureza, bailamos al son de su latido. Los acordes del destino. Que no existe.
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