domingo, 11 de enero de 2026

El primer día

 

Estaban preparados. Era el momento. Del sueño al despertar. La mirada de plata. El deseo en sus manos. Café en la sonrisa. Y un amor transparente. Algo de ropa limpia y nueva. Y una oración. Sin más equipaje. Dispuestos a emprender el camino. A dejar sus huellas. A llegar más allá de donde amanece.

El sol aún duerme. La noche, siempre la noche, los espera. Húmeda. Dispuesta a abrazarlos como quien abraza a sus hijos. En el suelo, el cielo artificial de las farolas. Alfombra de futuro. Y arriba la luna los observa, acurrucada, en una nube. Sin ganas de marcharse. Y silencio, un silencio ligero como la niebla. El rocío los empuja hacia una claridad, naranja, lejana. Un horizonte límpido, más luminoso. En el cielo, su ruta, su mapa, sus risas y sus ganas. Y el sol se despereza tibio, cálido. 

La luna aún no quiere irse. Vestida de tul y de gasa. Asomada tras la nube quieta que la abriga. Curiosa, los observa mientras avanzan. Quiere ser testigo de un milagro; del milagro de estar juntos.  Y ellos avanzan. Sus voces declaran la alegría de compartir. 

...

Las estrellas se han ido. Tienen prisa por decorar otras noches. La luz les va desvelando, poco a poco, el paisaje. El sendero de polvo y de piedra. A veces recto, a veces sinuoso. Siempre generoso al andar. Jaras, romeros, tomillos lo jalonan; jardines al azar que perfuman sus pasos peregrinos y llenan sus ojos de colores. El arroyo refresca sus bocas. Y, a la sombra, descansan el uno sobre el otro. Y se besan. Y se aman sin miedo. Entre susurros. Lentamente, al compás de la cadencia del agua. Como nunca, como siempre.

El sol aprieta. Pero apenas lo sienten. La luna ha dejado de espiarles, se fue con las estrellas. Atenta en otras noches, en otras albas, a otros viajes. Pero, la nube quieta sigue allá arriba. Un viento suave le va cambiando la forma, pero permanece. Está; en realidad es la única que está. Lo demás va y viene. Fluye. Avanza y retrocede. El paisaje cambia. La nube, no.

...

Él miró al cielo. Es la primera vez que la ve. Tan lejana. Tan quieta. Aquella noche, aquel olvido, azul cobalto. No la siente suya. Arrecia el viento húmedo del sur y la ve crecer gota a gota. No es ya blanca o quizás nunca lo fue. Gris, casi sólida, casi acero. Como lo son las nubes maduras y serias. Maestras a punto de enseñar todo lo que saben. Allí está, ocultando su rumbo y su mapa, ocultándole la luz. Hasta el sol, cobarde, se escondió tras ella. Como lo hizo la luna. La nube estaba dispuesta a enseñarle una verdad de pedernal y de tiempo. Porque una nube solo sabe llover, solo sabe enseñar. Empapar, guiar. Mostrarle la verdad. Al menos, su verdad.

Sí, miraba al cielo. Un presagio. Se sintió indefenso. Rebuscó en su equipaje; nada con que protegerse. Alrededor, ningún lugar donde guarecerse. Ella miraba el suelo con la súplica en sus ojos: un brillo de decepción y ternura. El verde se tornó ocre, óxido. Él buscó fuera, refugio. Ella encontraba dentro, soledad y silencio. Y la nube, ajena, seguía mojando su cuerpo. Él había ocultado o había olvidado. Pero allí estaba como un fantasma.  Una herida sangrante en su interior le removía la conciencia. Todo lo ocurrido se había olvidado. Todo lo acaecido lo había traspasado y ahora el espectro del recuerdo se hacía presente. Recordaba con un ir y venir del presente al pasado. Y quería huir desde dentro. Renunciar a su adentro. No sabía. No podía.

Ella esperaba paciente. Cruzaron sus miradas. Y Él gritó rompiendo la lluvia, rompiendo su historia. Sonó a rabia y a culpa. Y se perfiló una grieta en el aire húmedo. Gemela de su herida. Entre las gotas. Mientras, la luz menguaba. De Ella manaba contemplación y compasión. Pero ya no hablaban. Y, en silencio, reanudaron el camino. 

Fue de repente. Se dio cuenta. La miró. Él empapado. Ella seca. Absolutamente, seca. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo lo hacía? Aquello era un misterio incomprensible. Un misterio para sus ojos y su entendimiento. Ese instante le pareció un siglo de dudas y tristeza. Pero no quería pararse, no podía pararse. Tenía que llegar. Reanudó su camino. El polvo ya era barro. La piedra, espejo. Y sus huellas, llanto. Ella lo seguía.



La nube ya ocupaba todo el espacio. Pesada. Y un filo rojo los empujaba desde el oeste en su camino. Una breve presencia del sol en el ocaso. Les anunciaba una noche profunda y fría. En Él había anidado el miedo y la incomprensión. Y empapado de nube, seguía buscando afuera. Ella, en silencio, encontraba dentro.

Caminaron en la oscuridad. Dejando atrás el arroyo y los árboles. Dejando atrás la luz y sus voces. Ahora todo era oscuridad. Oscuridad fuera. Oscuridad dentro. Las formas se diluían. Los sonidos y los olores se evaporaban. Los tactos se confundían. Desilusión. Cansancio.

Se tumbaron uno junto al otro, espalda con espalda. La grieta entre ellos. Azabache. Ella percibía el frío de su cuerpo. Él, la quietud de su figura. Y durmieron guarecidos por la nube, antes maestra, ahora madre. No llovió. Hizo frío, pero no llovió.



Despertaron cara a cara. Mirada con mirada. Se rozaron sus manos heladas. Él le confesó su nube, entre lágrimas.  Ella lo observaba indefenso. Le escuchaba con calma.  No llovía fuera. Llovía dentro. Y ella perdonaba. Y cosieron la grieta con besos de luz.

Ya no había nube. Solo nubes altas, blancas, que dejaban ver un sol nuevo. Un sol tibio, cálido, pero distinto. Y el sol brilló dentro suavemente. Él comprendió que aquel fue el primer día con su primera noche. Que así serían todos los días. No buscar fuera, sino encontrar dentro. Cada día traería un color y un sol distintos. Cada día traería una nube maestra que confesar. Y Ella serena y blanca, estaría ahí para perdonar.

Y amaneció, dentro amaneció. Y el horizonte hacia el que ir no era un límite sino un anhelo, con su esperanza. Empapado por fuera y seco por dentro. Un viaje, un crecimiento, un camino. Dentro contemplaría lo sagrado y comprendería, como comprenden los sabios.  

Él, su cuerpo, avanzaría. Ella, su alma, lo acompañaría. 

El espejo invisible



Me presento: Soy YO. Siempre he sido YO.

Malvivo en el parque frente a tu portal.
En esta calle amarilla y azul, de hormigón, sal y agua.
Sí, cerca de la playa de dunas y flores de arena. 
De escarabajos y conchas. De tobas y lumaquelas. 

Mi alma es árida, mi huella húmeda 
y mis labios rajados apenas sonríen. 
Mis ojos vidriosos y arañados por la luz te escrutan, 
te conocen, te reconocen, desde mi banco. 
Las palomas también, algunas me hablan de ti. 
De tu silencio y tu miedo. 
Porque ellas, como yo, te observan y contemplan.

Tú y los demás me llamáis “Luis”, 
pero yo me llamo YO. 
Soy solo lo que soy. 

Pasáis alejándoos, 
como si os hubierais equivocado de camino. 
Pasáis con miedo. 
Para vosotros soy el espejo de vuestros espectros interiores. 
No me conocéis, pero os reconocéis. 
Y veo la desesperación en la mirada, 
la ansiedad en los pasos, 
por acarrear más cosas, 
por callar el miedo. 
El silencio espeso y frío os baña. 
El frío en las manos y en los labios ni un beso.

Disfruto de la luz del día, del sol. 
Del vino y la cerveza. 
De mi soledad, sucia y silenciosa. 
Al fin y al cabo, vivo. 
Disfruto de esta manzana, de este trozo de pan. 
De esta brisa. 


Y os contemplo pasar. Sin sonreír, sin mirar. 
Deambuláis como espectros, 
cansados, bajo las nubes. 
Con mochilas ocultas y pesadas. 
No sabéis vivir. No sabéis vivir, como yo. 
¿O quizás sí? 
Solo empujáis el futuro y arrastráis el pasado. Encadenados.
¿Como yo?

¿Tienes miedo de que te mire? ¿De que te hable? 
Sé quién eres. No temas. 
Solo soy un reflejo de ti. 
Eso que repudias. Ese que no quieres ser. 
Ese ser abyecto que a veces visita tu mente y tu alma, 
y quieres expulsarlo sacudiendo la cabeza. 

¡Ah! ¡Claro! 
Tú eres distinto, te crees distinto. 
Yo no estoy en ti y nunca lo estaré, 
porque crees que yo soy un desecho de los demás. 
Es cierto, quiero vivir así. 
La vida, esta preciosa y maldita vida, 
que no nos deja elegir, 
viene llena de flores y grietas, 
espontáneas, inesperadas y fugaces, 
y se va fatigada, helada y sucia. 
Morimos a cada paso y yo soy la meta. 
Si paseas por tu ciudad, con calma y atento, 
verás esa meta en mil formas diferentes.

La vida, sí, la vida. 
Esa que ya no tengo desde anoche. 
El frío pudo con mi cuerpo y se la llevó. 
Quedé aterido de muerte en mi suelo de cartón 
y tapado con una manta prestada. 
Ya guardó otros calores y otros fríos. 

Ya no seré tu espejo, vuestro espejo transparente. 
Seguro que otro “Luis” ocupará mi lugar 
y os devolverá la angustia, la soledad o la humildad. 
La ternura o la ceniza.     
Quizás nadie me eche en falta. 
Quizás la mayoría, mientras tanto, duerma tranquila 
porque no se hayan esparcido aún otros espejos rotos, 
dormidos en el suelo, con babas, orines y cerveza.

jueves, 11 de diciembre de 2025

¿Quién soy?

 


Soy el que sobrevivió al ruido. Al caos.
El que fue antes de ser.

El que habitó el salón vacío.
donde la nada dolía.
El cansado de ser hombre.
El que navegó a la deriva.

Soy el que se detuvo en tu sendero.
Bendito momento.
El que cambió el deseo por tu roce.
La soledad por el fuego.

El que descubrió tu sonrisa 
y tu voz.
Tu equilibrio. Tus caderas. 
Tus labios y tus besos.

El que aprendió a medir la eternidad
en abrazos breves. 
Cálidos. 
Cada mañana.

El que dejó dos pequeñas huellas, 
contigo, en la orilla de 
nuestro mar. 
Un océano solo nuestro 
y un futuro.

Ahora soy el que observa.
El que contempla 
y disfruta de moléculas de paz.
Testigo humilde de este milagro.
Y agradecido, respira y
permanece.

El que acepta la grieta
y la sima. 
La meta y la tierra.

Ya no soy el caos. Ni el polvo.
Soy, simplemente,
el hombre que te encontró.
Y fui.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Contemplación

 

Sí, está solo. Allí está Él, solo y en silencio. Observando. Las gaviotas revolotean y se posan en la orilla. La piedra descansa en el mar, brillante, grávida de luz.  La flor de la duna apenas se viste de rocío. La nube y la galaxia viajan: sin prisas. El agua en el manantial. El ave y su nido. El centro y el latido. Y la mujer. Y el hombre. Todo está ahí. Lo sutil.

Observar y contemplar. Sabe que hay una cierta gravedad en cómo ocurre todo. Cómo los seres, cada ser, crece y se relaciona. Cómo está y permanece. Fluye. Se mueve y muere. Atrapado, sin libre albedrío. Nada decide. Una libertad normada, incolora. Reglada. Su hipótesis: todo ocurre porque puede ocurrir. Lo único que puede ocurrir. Dos leyes naturales claras y elegantes. Eso parece deducirse. Son obvias. Pero, Él sabe más …

Todo viene y va. Sin casi tocarlo. Sin casi verlo. Sin nombrarlo. Poco nos es concedido y muy poco es comprendido. Y, sin embargo, todo parece perfecto – casi demasiado perfecto - . Pero hay una grieta en la blancura del silencio. Una sutil fractura en la sombra de lo que esperamos. En el hilo roto del manantial. En la canción olvidada. En el beso no dado. En el vacío que ocupamos. En todo hay una herida. En todo lo vivo. En todo lo inerte.

Solo hay que ver y contemplar, como hace Él, para apreciarla. Valorarla. Respetarla. Pero lo que acontece no es lo que ocurre. Lo de fuera no es lo de dentro. Fuera está lo observado y dentro lo contemplado. 

Nada es perfecto hasta que no vemos esa falla. Nada es completo. El tiempo no es solo tiempo, ni el espacio es solo espacio. La grieta nos muestra lo inesperado: el tejido de lo no dicho, de lo escaso e incompleto. Dos mundos conectados por un abismo, separados por un hilo. 

Solo nos queda permanecer, observar, contemplar con admiración. La fractura nos muestra lo sagrado e inmarcesible. Lo inapreciado. Lo inaccesible. Lo profundo y negro que todo lo permea. No podemos extraerlo y transformarlo, colorearlo. No podemos tocarlo y utilizarlo. Ni siquiera Él. Y lo sabe. Solo percibirlo y esperar a que se manifieste de forma espontánea y caótica. Sin ápice de orden.

Él ya sabe que solo nos queda amar lo que vemos, lo que sentimos. Eso sagrado. Solo Él lo sabe y no lo revela. Nunca lo dirá. No puede. Nunca lo sabremos. Aunque nos angustie el vacío y la ruina. La única esperanza, la aceptación. La paciencia. La compasión. Siempre seremos incompletos. Deliciosamente imperfectos. Ahí está la belleza. Y Él lo sabe.

Comunión

 

Desde lo vacío, desde lo negro. Desde el mar. Retozaban mentalmente en espumas, sobre la arena de su día a día. Dormidos. Desnudos. Estrujando entre sus manos el tabú inconsciente, mamado, del roce y de la edad. Pero la verdad se les hacía verde. Aunque eran palabras, solo palabras. Siempre llegaban a la conclusión de que ni aquello era verdad, ni siquiera su mar era turquesa. Su verdad era verde, extrañamente natural.

No intentaban comprender la dualidad. La dualidad del amanecer se dispersaba en el horizonte. Entre montañas, árboles y rocas. Era imposible comprenderla. Aprehenderla.
 
Y ellos, gris marengo, atisbaban luces en el barro. Pero, no confiaban ni en colores ni en dioses. Para ellos todo era ruido solo ruido. Ni siquiera palabras. Solo estridencia y mentiras.

Pena les daba el amor intentando no serlo a la fuerza. A la fuerza del rojo premonitorio. Y su mar se les vaciaba de intimidad y de libertad. De decires y de voces. De páginas en blanco. 

Había que esperar. Había que esperar que llegara, desde muy lejos, la luz rosa, sucia, pero rosa, como una brisa de planetas y polvo. Solo esperar. Y contemplar. Cómo un renacer impredecible y sorprendente, se venía. Sin esperanza, esperar que los sueños y los nortes y sures se alinearan. Para que ningún alma se durmiera, se extraviara. Esperar. Pacientes, en silencio.

Esto, en muchos, sería imposible. Estridencia y ruido lo impedirían. Se obstinaban en solo ser escuchados. A estos les dolía la angustia de ser anónimos. Temían el silencio. Lo vacío. Pero el silencio no es mudo. Les hablaba y asustaba. Y, esclavos de la materia y de la forma, de lo ético y lo estético, de lo físico, vagaban por la orilla de su incolora existencia. Por la orilla de la nada.

Y el tiempo, pasando monótono. Una babosa en su corazón. A golpes de presente. Sin llevarse nada al pasado. Sin traer nada del futuro. Esperar y contemplar el ahora. Eso quedaba. Hasta que lo único que tuviera sentido fueran los otros. Construir con los otros, golpe a golpe lo inefable. Lo inimaginable. Hasta que todos aprendieran a vivir sin eslabones en las vísceras ni rosas en el pelo. Vivir. Esperar, contemplar y vivir. Eso quedaba. Fundirse. Comunión.

¿Y tú?


La cita

 ...

Lo sé, llego tarde. No seas celosa, no me había olvidado de ti. Eres exigente. En realidad no me necesitas. No necesitas ni que venga ni que hable. Te crees tan segura, tan poderosa, que quieres tus amantes a tus pies. Sí, amantes. Muchos. Eres un amor compartido. Difuso. No me importa. Puedo verte, sentirte, tenerte, casi amarte, a ratos, a trozos. Así nos llega la vida. Discontinua.

No hables tan fuerte ni tan atropelladamente... apenas entiendo lo que dices. No entiendo tu lenguaje, tu idioma. Hoy estás muy alterada. El día está desapacible. Sin embargo, aquí estoy, quizás para acompañarte. O solo para oirte. Para escuchar tu voz. Tan natural, tan necesaria. Me tienes anclado a tu voz, a tu melodía...  Amo tu cadencia. Sugerente. Sensual.  

...

No sé por qué me atraes. ¿Para qué me quieres, si sabes que no te entiendo? Aquí estoy. Dime claramente lo que quieres. Quizás hoy aprenda a entenderte. Lo intento día tras día. Quizás hoy ...

Me callo. Me callo y escucho. Hoy solo escucharé, te escucharé. No diré nada. No romperé este silencio azul cobalto, lleno de tu voz. 

Pero, me gusta tanto cómo lo dices. Y no me rindo, no puedo impedir que penetres. Tu voz es lo que me trae aquí una y otra vez. Hoy no hay nubes. Quizás con nubes te escuche de otra manera. Son tus vestidos. El gris verdoso los días de lluvia. El turquesa, los días soleados. Esta atracción serena   es lo que hace que tu música en mí sea otra, diferente. Siempre es la misma voz, la misma canción, pero tu color... Distinto, iridiscente. Hoy el viento te revolea el vestido. Espuma.

...

He vuelto a nuestra cita. Hoy me sonríes. El viento es frío, de invierno, suave. Pero ... hoy no te oigo. Presto toda mi atención, pero no te oigo. Te veo. Solo me sonries y callas. No soporto este silencio tan lechoso. Sigue hablándome. ¡Por favor! No dejes de hablarme. Te necesito de azul, de verde o de turquesa ..., pero te necesito. Deseo tu voz. No me dejes aquí solo con tu sonrisa en mis ojos y tu silencio en mi. Aspiro este aire de soledad, tan vacío. Necesito tu aroma, Sí, tu aroma.       A menudo me despierta el olor fresco de tu cuerpo. Sobre todo cuando te alejas un poco. Pero hoy estás, te veo, te huelo pero no te oigo. Ya no me hablas. No he logrado complacerte. La arena está fría y el sol naranja, y mi soledad húmeda. No sé decirlo...  estoy tan solo. ¿Por qué no me hablas?

...

Por fin he comprendido. Una revelación. Sí, te me has revelado en sueños. Ha sido enigmático. Misterioso. Yo en tu orilla, pero en mi había otra orilla diferente de un mar diferente. Oscuro, silencioso, sin espuma, de caverna erosionada. Os habeis acercado y besado, rozado. Y mi mar se volvía claro, sereno y hablaba. Lento. Oí vuestros rumores. Como os susurrábais, amantes. Sí, dos amantes apasionados, orilla con orilla, agua con agua. Tu melodía y su poema, al unísono. 

Ya sé lo que quieres de mí. Eres como la vida: no se trata de entenderte sino de responderte. Pondré poemas para tu marea, para tu rumor. Y nos amaremos agua con agua, espuma con espuma. Así... nuestras orillas se acercarán, y besarás mi mar interior, y llenaré de versos tus olas. Eres mi mar. Mi vida.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Cavaban (poema)

 

"Había tierra en ellos. 

Y cavaban. (Paul Celan)"

 

Allí estaban. 

Trabajando para enterrar la angustia. 

El silencio. El desamparo.

La miseria y la ira. 

 

No contaban con Dios. Ni con nadie. 

Sabían que Él estaba 

—y Él contemplaba— 

pero a nadie oían, a nadie veían.

Solo dolor. 

 

A ciegas. Como el gusano que roe y roe. 

Laborando sin sentido. 

Sin cesar. Sin futuro. Porque sí.  

 

Inocentes. Esforzados. Cansados.

Transformándose en vacío 

al toque de la angustia.

Pasaba el tiempo. 

Las inclemencias. 

Y no cejaban. 

Cavando. Cavando. 

 

Algo irracional les chorreaba los dedos.

La carne y los deseos se pudrían.

Y en el tiempo, hacia lo oscuro, lo frío. 

 

Sin crear nada. Sin conseguir nada. 

Solo oscuridad. Solo tierra húmeda.

Olor a soledad íntima. Y la voz muda. 

Sin esperar nada. 

 

Pero no estaban solos. 

Otros ojos, otros huesos, 

otras bocas, otras palas.

Estaban con otros.

 

Al levantar la mirada 

veían espectros,

como ellos, como ellas. 

Deshechos de carne y hueso. 


Otras voces que miraban.

 

Ese era el verdadero sentido.

Era el consuelo de un pacto ancestral: 

ese camino subterráneo que 

los acercaba los unos a los otros.

Que los unía. Que los salvaba.