Estaban preparados. Era el momento. Del sueño al despertar. La mirada de plata. El deseo en sus manos. Café en la sonrisa. Y un amor transparente. Algo de ropa limpia y nueva. Y una oración. Sin más equipaje. Dispuestos a emprender el camino. A dejar sus huellas. A llegar más allá de donde amanece.
El sol aún duerme. La noche, siempre la noche, los espera. Húmeda. Dispuesta a abrazarlos como quien abraza a sus hijos. En el suelo, el cielo artificial de las farolas. Alfombra de futuro. Y arriba la luna los observa, acurrucada, en una nube. Sin ganas de marcharse. Y silencio, un silencio ligero como la niebla. El rocío los empuja hacia una claridad, naranja, lejana. Un horizonte límpido, más luminoso. En el cielo, su ruta, su mapa, sus risas y sus ganas. Y el sol se despereza tibio, cálido.
La luna aún no quiere irse. Vestida de tul y de gasa. Asomada tras la nube quieta que la abriga. Curiosa, los observa mientras avanzan. Quiere ser testigo de un milagro; del milagro de estar juntos. Y ellos avanzan. Sus voces declaran la alegría de compartir.
...
Las estrellas se han ido. Tienen prisa por decorar otras noches. La luz les va desvelando, poco a poco, el paisaje. El sendero de polvo y de piedra. A veces recto, a veces sinuoso. Siempre generoso al andar. Jaras, romeros, tomillos lo jalonan; jardines al azar que perfuman sus pasos peregrinos y llenan sus ojos de colores. El arroyo refresca sus bocas. Y, a la sombra, descansan el uno sobre el otro. Y se besan. Y se aman sin miedo. Entre susurros. Lentamente, al compás de la cadencia del agua. Como nunca, como siempre.
El sol aprieta. Pero apenas lo sienten. La luna ha dejado de espiarles, se fue con las estrellas. Atenta en otras noches, en otras albas, a otros viajes. Pero, la nube quieta sigue allá arriba. Un viento suave le va cambiando la forma, pero permanece. Está; en realidad es la única que está. Lo demás va y viene. Fluye. Avanza y retrocede. El paisaje cambia. La nube, no.
...
Él miró al cielo. Es la primera vez que la ve. Tan lejana. Tan quieta. Aquella noche, aquel olvido, azul cobalto. No la siente suya. Arrecia el viento húmedo del sur y la ve crecer gota a gota. No es ya blanca o quizás nunca lo fue. Gris, casi sólida, casi acero. Como lo son las nubes maduras y serias. Maestras a punto de enseñar todo lo que saben. Allí está, ocultando su rumbo y su mapa, ocultándole la luz. Hasta el sol, cobarde, se escondió tras ella. Como lo hizo la luna. La nube estaba dispuesta a enseñarle una verdad de pedernal y de tiempo. Porque una nube solo sabe llover, solo sabe enseñar. Empapar, guiar. Mostrarle la verdad. Al menos, su verdad.
Sí, miraba al cielo. Un presagio. Se sintió indefenso. Rebuscó en su equipaje; nada con que protegerse. Alrededor, ningún lugar donde guarecerse. Ella miraba el suelo con la súplica en sus ojos: un brillo de decepción y ternura. El verde se tornó ocre, óxido. Él buscó fuera, refugio. Ella encontraba dentro, soledad y silencio. Y la nube, ajena, seguía mojando su cuerpo. Él había ocultado o había olvidado. Pero allí estaba como un fantasma. Una herida sangrante en su interior le removía la conciencia. Todo lo ocurrido se había olvidado. Todo lo acaecido lo había traspasado y ahora el espectro del recuerdo se hacía presente. Recordaba con un ir y venir del presente al pasado. Y quería huir desde dentro. Renunciar a su adentro. No sabía. No podía.
Ella esperaba paciente. Cruzaron sus miradas. Y Él gritó rompiendo la lluvia, rompiendo su historia. Sonó a rabia y a culpa. Y se perfiló una grieta en el aire húmedo. Gemela de su herida. Entre las gotas. Mientras, la luz menguaba. De Ella manaba contemplación y compasión. Pero ya no hablaban. Y, en silencio, reanudaron el camino.
Fue de repente. Se dio cuenta. La miró. Él empapado. Ella seca. Absolutamente, seca. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo lo hacía? Aquello era un misterio incomprensible. Un misterio para sus ojos y su entendimiento. Ese instante le pareció un siglo de dudas y tristeza. Pero no quería pararse, no podía pararse. Tenía que llegar. Reanudó su camino. El polvo ya era barro. La piedra, espejo. Y sus huellas, llanto. Ella lo seguía.
…
La nube ya ocupaba todo el espacio. Pesada. Y un filo rojo los empujaba desde el oeste en su camino. Una breve presencia del sol en el ocaso. Les anunciaba una noche profunda y fría. En Él había anidado el miedo y la incomprensión. Y empapado de nube, seguía buscando afuera. Ella, en silencio, encontraba dentro.
Caminaron en la oscuridad. Dejando atrás el arroyo y los árboles. Dejando atrás la luz y sus voces. Ahora todo era oscuridad. Oscuridad fuera. Oscuridad dentro. Las formas se diluían. Los sonidos y los olores se evaporaban. Los tactos se confundían. Desilusión. Cansancio.
Se tumbaron uno junto al otro, espalda con espalda. La grieta entre ellos. Azabache. Ella percibía el frío de su cuerpo. Él, la quietud de su figura. Y durmieron guarecidos por la nube, antes maestra, ahora madre. No llovió. Hizo frío, pero no llovió.
…
Despertaron cara a cara. Mirada con mirada. Se rozaron sus manos heladas. Él le confesó su nube, entre lágrimas. Ella lo observaba indefenso. Le escuchaba con calma. No llovía fuera. Llovía dentro. Y ella perdonaba. Y cosieron la grieta con besos de luz.
Ya no había nube. Solo nubes altas, blancas, que dejaban ver un sol nuevo. Un sol tibio, cálido, pero distinto. Y el sol brilló dentro suavemente. Él comprendió que aquel fue el primer día con su primera noche. Que así serían todos los días. No buscar fuera, sino encontrar dentro. Cada día traería un color y un sol distintos. Cada día traería una nube maestra que confesar. Y Ella serena y blanca, estaría ahí para perdonar.
Y amaneció, dentro amaneció. Y el horizonte hacia el que ir no era un límite sino un anhelo, con su esperanza. Empapado por fuera y seco por dentro. Un viaje, un crecimiento, un camino. Dentro contemplaría lo sagrado y comprendería, como comprenden los sabios.
Él, su cuerpo, avanzaría. Ella, su alma, lo acompañaría.
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