Solo sé amanecer desde tu cuerpo.
Recorriendo el perfil de tu relieve,
perdiendo mis dedos en tu pelo,
quemándome en tu piel, de nieve.
Aprendí a besar desde tu boca,
inflamando el aire que te envuelve.
Cuando piel con piel son una sola.
Cuando los labios saben y se atreven.
Y lloverte muy despacio desde el cuello.
Resbalar, imperceptible. Río suave.
En un beso interminable hasta tu seno.
Y romperme. Y no ser nada. Y no ser nadie.
Solo sé acariciar desde tus dedos.
Dejarme arrastrar por tu corriente,
navegar en el vaivén de tu deseo
y beberme la sed de tu vertiente.
Aprendí a mirar desde tus ojos.
A recibir el rayo que te hiere.
Cuando la luz y la sombra son un todo
y tu garganta, al fin, se rinde y muere.
Y fundirme en tus caderas.
Golpeando con dulzura, ciegamente.
Bajo el rescoldo que no se espera.
Sobre el ritmo suave de tu vientre.
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