Le quité el traje nuevo.
Hice jirones el viejo.
Busqué en su desnudez el perfil de mi talle.
El brillo pálido del ser. Pero no me hallé.
Desmembré sus versos.
Los grité. Los canté.
Se ahogaban en silencios.
Pura amargura. Oquedad hablada.
Nada.
Retorcí las palabras.
Las estrellé contra el suelo
a sabiendas de mi ausencia.
Recogí los pedazos: los fundí,
los destilé. Y burbujearon latidos
de un corazón distante.
El odio. Y luego el llanto.
Un espacio y un tiempo vacíos.
Allí brillaba. Profunda.
Sin forma. Sin rostro. P
ura esencia opalescente. Dolor titilante.
Y comprendí: el alma es una bóveda celeste
donde cada dolor y cada alegría
arden como estrellas.
Frías. Lejanas.
Y la vida no es más que el viaje efímero
por el espacio que las engarza.
Escribí un último poema para perdonarme.
Lo sembré de palabras y de silencios.
Me perdoné.
Resucité.
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