Cada noche las luces de mi calle lucen tristes. Solas.
No porque no sean bellas, sino por exceso de memoria.
No quieren ser testigos de las miradas vacías,
de las bocanadas de ira y de humo.
Del tedio.
Soportan el peso de lo que ven.
No juzgan. Solo permanecen. Pacientes.
Verticales sobre nuestra sombra.
Sí, ven. Nos ven.
Ven la madre y la grieta.
La rosa deshojada en el asfalto.
Los puños azules.
Los gritos hechos rayo.
Nos ven por dentro.
Ven lo que escondemos. Inmóviles.
Ven lo que acontece. Y entienden.
Derraman su calor frío sobre cada caído,
sobre cada olvidado.
Pero nosotros no, no las vemos.
(Igual que a ellos)
Desterradas de nuestra conciencia.
Quieren ser, pero no pueden, párpado para el cansancio.
Condenadas por la luz, saben demasiado.
Pero no las vemos. Por eso duermen solas.