El silencio en mi casa
se baña al sol claro y tibio
que quiebra mi sombra.
Y el pálpito de tus huellas,
recién huidas hacia el frío,
vuela con alas pintadas, de acero.
El marfil de la mañana
trepa sin reposo
las paredes y los muebles.
No hay nubes en el raso
ni pasaíso olvidado.
Ni susurro, ni compás.
Solo la imagen solaz de la palabra
y el sereno trazo de la pluma.
Aquí quedo, como el jarrón
de tus flores de cristal,
como el marcapáginas
y el intento de ser brisa
y no arena.
Fuera de mí, la quietud
me descubre un nuevo tiempo,
un nuevo yo. Derrumbe.
Un nuevo hueco por donde
se disipa la niebla cálida del sueño.
Y navego a la deriva, sonriendo,
amándote, en este río de ternura,
libre, sin rumbo, sin puerto.
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