viernes, 22 de mayo de 2026

Umbral

Como el liminar flamenco

al ocaso arriba a la marisma

sobrevolando plano y sutil

la recta luz divina,

así aterrizo yo serenamente

sobre la flecha coral del tiempo.

Y súbito me asomo incierto

al horizonte sinuoso de la vida.


Sobre la piedra, el agua,

la sal y la espuma dormida,

derramando cristales de vapor

como rosas pájaros de fuego.


No sé si voy o llego,

ocultando verdades y mentiras,

al sol cálido en la tarde

que cae silente hacia la sombra.

Así me despido …

y al silencio me entrego.

Diez de la mañana

El silencio en mi casa

se baña al sol claro y tibio

que quiebra mi sombra.

Y el pálpito de tus huellas,

recién huidas hacia el frío,

vuela con alas pintadas, de acero.


El marfil de la mañana

trepa sin reposo

las paredes y los muebles.

No hay nubes en el raso

ni pasaíso olvidado.

Ni susurro, ni compás.

Solo la imagen solaz de la palabra

y el sereno trazo de la pluma.


Aquí quedo, como el jarrón

de tus flores de cristal,

como el marcapáginas

y el intento de ser brisa

y no arena.


Fuera de mí, la quietud

me descubre un nuevo tiempo,

un nuevo yo. Derrumbe.

Un nuevo hueco por donde

se disipa la niebla cálida del sueño.


Y navego a la deriva, sonriendo,

amándote, en este río de ternura,

libre, sin rumbo, sin puerto.

viernes, 30 de enero de 2026

El único método

 

El camino no es saber ni conocer.

No es hacer ni tener.

Es oler la esencia. Percibirnos.


La vida no es un problema

que haya que solucionar.

Ni Ciencia, ni Palabra.

Ni Técnica, ni Arte.


Es un sendero que recorrer. Juntos.

Y parar. Contemplar otros ojos.

Y sonreír. Y besar sin prisas.

Existir fuera y ser dentro.


Despojar y despojarse.

Desnudar y desnudarse.

Y abrazar profundo.

Inflamarse, piel con piel.

Bailar otras músicas.


En libertad. En silencio.

Narrarse a sí mismo lo que se es.

Recordar con compasión lo que se fue.

No esperar lo que se será.


¿Y tú? Mi voz y mi espejo.

Mi mapa.


El único método de vivir, en paz, es amar.

Amarte.

domingo, 11 de enero de 2026

El primer día

 

Estaban preparados. Era el momento. Del sueño al despertar. La mirada de plata. El deseo en sus manos. Café en la sonrisa. Y un amor transparente. Algo de ropa limpia y nueva. Y una oración. Sin más equipaje. Dispuestos a emprender el camino. A dejar sus huellas. A llegar más allá de donde amanece.

El sol aún duerme. La noche, siempre la noche, los espera. Húmeda. Dispuesta a abrazarlos como quien abraza a sus hijos. En el suelo, el cielo artificial de las farolas. Alfombra de futuro. Y arriba la luna los observa, acurrucada, en una nube. Sin ganas de marcharse. Y silencio, un silencio ligero como la niebla. El rocío los empuja hacia una claridad, naranja, lejana. Un horizonte límpido, más luminoso. En el cielo, su ruta, su mapa, sus risas y sus ganas. Y el sol se despereza tibio, cálido. 

La luna aún no quiere irse. Vestida de tul y de gasa. Asomada tras la nube quieta que la abriga. Curiosa, los observa mientras avanzan. Quiere ser testigo de un milagro; del milagro de estar juntos.  Y ellos avanzan. Sus voces declaran la alegría de compartir. 

...

Las estrellas se han ido. Tienen prisa por decorar otras noches. La luz les va desvelando, poco a poco, el paisaje. El sendero de polvo y de piedra. A veces recto, a veces sinuoso. Siempre generoso al andar. Jaras, romeros, tomillos lo jalonan; jardines al azar que perfuman sus pasos peregrinos y llenan sus ojos de colores. El arroyo refresca sus bocas. Y, a la sombra, descansan el uno sobre el otro. Y se besan. Y se aman sin miedo. Entre susurros. Lentamente, al compás de la cadencia del agua. Como nunca, como siempre.

El sol aprieta. Pero apenas lo sienten. La luna ha dejado de espiarles, se fue con las estrellas. Atenta en otras noches, en otras albas, a otros viajes. Pero, la nube quieta sigue allá arriba. Un viento suave le va cambiando la forma, pero permanece. Está; en realidad es la única que está. Lo demás va y viene. Fluye. Avanza y retrocede. El paisaje cambia. La nube, no.

...

Él miró al cielo. Es la primera vez que la ve. Tan lejana. Tan quieta. Aquella noche, aquel olvido, azul cobalto. No la siente suya. Arrecia el viento húmedo del sur y la ve crecer gota a gota. No es ya blanca o quizás nunca lo fue. Gris, casi sólida, casi acero. Como lo son las nubes maduras y serias. Maestras a punto de enseñar todo lo que saben. Allí está, ocultando su rumbo y su mapa, ocultándole la luz. Hasta el sol, cobarde, se escondió tras ella. Como lo hizo la luna. La nube estaba dispuesta a enseñarle una verdad de pedernal y de tiempo. Porque una nube solo sabe llover, solo sabe enseñar. Empapar, guiar. Mostrarle la verdad. Al menos, su verdad.

Sí, miraba al cielo. Un presagio. Se sintió indefenso. Rebuscó en su equipaje; nada con que protegerse. Alrededor, ningún lugar donde guarecerse. Ella miraba el suelo con la súplica en sus ojos: un brillo de decepción y ternura. El verde se tornó ocre, óxido. Él buscó fuera, refugio. Ella encontraba dentro, soledad y silencio. Y la nube, ajena, seguía mojando su cuerpo. Él había ocultado o había olvidado. Pero allí estaba como un fantasma.  Una herida sangrante en su interior le removía la conciencia. Todo lo ocurrido se había olvidado. Todo lo acaecido lo había traspasado y ahora el espectro del recuerdo se hacía presente. Recordaba con un ir y venir del presente al pasado. Y quería huir desde dentro. Renunciar a su adentro. No sabía. No podía.

Ella esperaba paciente. Cruzaron sus miradas. Y Él gritó rompiendo la lluvia, rompiendo su historia. Sonó a rabia y a culpa. Y se perfiló una grieta en el aire húmedo. Gemela de su herida. Entre las gotas. Mientras, la luz menguaba. De Ella manaba contemplación y compasión. Pero ya no hablaban. Y, en silencio, reanudaron el camino. 

Fue de repente. Se dio cuenta. La miró. Él empapado. Ella seca. Absolutamente, seca. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo lo hacía? Aquello era un misterio incomprensible. Un misterio para sus ojos y su entendimiento. Ese instante le pareció un siglo de dudas y tristeza. Pero no quería pararse, no podía pararse. Tenía que llegar. Reanudó su camino. El polvo ya era barro. La piedra, espejo. Y sus huellas, llanto. Ella lo seguía.



La nube ya ocupaba todo el espacio. Pesada. Y un filo rojo los empujaba desde el oeste en su camino. Una breve presencia del sol en el ocaso. Les anunciaba una noche profunda y fría. En Él había anidado el miedo y la incomprensión. Y empapado de nube, seguía buscando afuera. Ella, en silencio, encontraba dentro.

Caminaron en la oscuridad. Dejando atrás el arroyo y los árboles. Dejando atrás la luz y sus voces. Ahora todo era oscuridad. Oscuridad fuera. Oscuridad dentro. Las formas se diluían. Los sonidos y los olores se evaporaban. Los tactos se confundían. Desilusión. Cansancio.

Se tumbaron uno junto al otro, espalda con espalda. La grieta entre ellos. Azabache. Ella percibía el frío de su cuerpo. Él, la quietud de su figura. Y durmieron guarecidos por la nube, antes maestra, ahora madre. No llovió. Hizo frío, pero no llovió.



Despertaron cara a cara. Mirada con mirada. Se rozaron sus manos heladas. Él le confesó su nube, entre lágrimas.  Ella lo observaba indefenso. Le escuchaba con calma.  No llovía fuera. Llovía dentro. Y ella perdonaba. Y cosieron la grieta con besos de luz.

Ya no había nube. Solo nubes altas, blancas, que dejaban ver un sol nuevo. Un sol tibio, cálido, pero distinto. Y el sol brilló dentro suavemente. Él comprendió que aquel fue el primer día con su primera noche. Que así serían todos los días. No buscar fuera, sino encontrar dentro. Cada día traería un color y un sol distintos. Cada día traería una nube maestra que confesar. Y Ella serena y blanca, estaría ahí para perdonar.

Y amaneció, dentro amaneció. Y el horizonte hacia el que ir no era un límite sino un anhelo, con su esperanza. Empapado por fuera y seco por dentro. Un viaje, un crecimiento, un camino. Dentro contemplaría lo sagrado y comprendería, como comprenden los sabios.  

Él, su cuerpo, avanzaría. Ella, su alma, lo acompañaría. 

El espejo invisible



Me presento: Soy YO. Siempre he sido YO.

Malvivo en el parque frente a tu portal.
En esta calle amarilla y azul, de hormigón, sal y agua.
Sí, cerca de la playa de dunas y flores de arena. 
De escarabajos y conchas. De tobas y lumaquelas. 

Mi alma es árida, mi huella húmeda 
y mis labios rajados apenas sonríen. 
Mis ojos vidriosos y arañados por la luz te escrutan, 
te conocen, te reconocen, desde mi banco. 
Las palomas también, algunas me hablan de ti. 
De tu silencio y tu miedo. 
Porque ellas, como yo, te observan y contemplan.

Tú y los demás me llamáis “Luis”, 
pero yo me llamo YO. 
Soy solo lo que soy. 

Pasáis alejándoos, 
como si os hubierais equivocado de camino. 
Pasáis con miedo. 
Para vosotros soy el espejo de vuestros espectros interiores. 
No me conocéis, pero os reconocéis. 
Y veo la desesperación en la mirada, 
la ansiedad en los pasos, 
por acarrear más cosas, 
por callar el miedo. 
El silencio espeso y frío os baña. 
El frío en las manos y en los labios ni un beso.

Disfruto de la luz del día, del sol. 
Del vino y la cerveza. 
De mi soledad, sucia y silenciosa. 
Al fin y al cabo, vivo. 
Disfruto de esta manzana, de este trozo de pan. 
De esta brisa. 


Y os contemplo pasar. Sin sonreír, sin mirar. 
Deambuláis como espectros, 
cansados, bajo las nubes. 
Con mochilas ocultas y pesadas. 
No sabéis vivir. No sabéis vivir, como yo. 
¿O quizás sí? 
Solo empujáis el futuro y arrastráis el pasado. Encadenados.
¿Como yo?

¿Tienes miedo de que te mire? ¿De que te hable? 
Sé quién eres. No temas. 
Solo soy un reflejo de ti. 
Eso que repudias. Ese que no quieres ser. 
Ese ser abyecto que a veces visita tu mente y tu alma, 
y quieres expulsarlo sacudiendo la cabeza. 

¡Ah! ¡Claro! 
Tú eres distinto, te crees distinto. 
Yo no estoy en ti y nunca lo estaré, 
porque crees que yo soy un desecho de los demás. 
Es cierto, quiero vivir así. 
La vida, esta preciosa y maldita vida, 
que no nos deja elegir, 
viene llena de flores y grietas, 
espontáneas, inesperadas y fugaces, 
y se va fatigada, helada y sucia. 
Morimos a cada paso y yo soy la meta. 
Si paseas por tu ciudad, con calma y atento, 
verás esa meta en mil formas diferentes.

La vida, sí, la vida. 
Esa que ya no tengo desde anoche. 
El frío pudo con mi cuerpo y se la llevó. 
Quedé aterido de muerte en mi suelo de cartón 
y tapado con una manta prestada. 
Ya guardó otros calores y otros fríos. 

Ya no seré tu espejo, vuestro espejo transparente. 
Seguro que otro “Luis” ocupará mi lugar 
y os devolverá la angustia, la soledad o la humildad. 
La ternura o la ceniza.     
Quizás nadie me eche en falta. 
Quizás la mayoría, mientras tanto, duerma tranquila 
porque no se hayan esparcido aún otros espejos rotos, 
dormidos en el suelo, con babas, orines y cerveza.

jueves, 11 de diciembre de 2025

¿Quién soy?

 


Soy el que dejó el ruido. 
El caos.
El que fue antes de ser.

El que habitó el salón vacío.
donde la nada dolía.
El cansado de ser hombre.
El que navegó a la deriva.

Soy el que se detuvo en tu sendero.
Bendito momento.
El que cambió el deseo por tu roce.
La soledad por el fuego.

El que descubrió tu sonrisa y tu voz.
Tu equilibrio. Tus caderas. 
Tus labios y tus besos.

El que aprendió a medir la eternidad
en abrazos breves. 
Cálidos. Cada mañana.

El que siguió dos pequeñas huellas, 
contigo, en la orilla del mar. 
Un océano solo nuestro 
y un futuro.

Ahora soy el que observa.
El que contempla 
y disfruta de moléculas de paz.
Testigo humilde de este milagro.
Y agradecido, respira y
permanece.

El que acepta la grieta y la sima. 
La meta y la tierra.

Ya no soy el caos. Ni el polvo.
Soy, simplemente,
el hombre que te encontró.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Contemplación

 

Sí, está solo. Allí está Él, solo y en silencio. Observando. Las gaviotas revolotean y se posan en la orilla. La piedra descansa en el mar, brillante, grávida de luz.  La flor de la duna apenas se viste de rocío. La nube y la galaxia viajan: sin prisas. El agua en el manantial. El ave y su nido. El centro y el latido. Y la mujer. Y el hombre. Todo está ahí. Lo sutil.

Observar y contemplar. Sabe que hay una cierta gravedad en cómo ocurre todo. Cómo los seres, cada ser, crece y se relaciona. Cómo está y permanece. Fluye. Se mueve y muere. Atrapado, sin libre albedrío. Nada decide. Una libertad normada, incolora. Reglada. Su hipótesis: todo ocurre porque puede ocurrir. Lo único que puede ocurrir. Dos leyes naturales claras y elegantes. Eso parece deducirse. Son obvias. Pero, Él sabe más …

Todo viene y va. Sin casi tocarlo. Sin casi verlo. Sin nombrarlo. Poco nos es concedido y muy poco es comprendido. Y, sin embargo, todo parece perfecto – casi demasiado perfecto - . Pero hay una grieta en la blancura del silencio. Una sutil fractura en la sombra de lo que esperamos. En el hilo roto del manantial. En la canción olvidada. En el beso no dado. En el vacío que ocupamos. En todo hay una herida. En todo lo vivo. En todo lo inerte.

Solo hay que ver y contemplar, como hace Él, para apreciarla. Valorarla. Respetarla. Pero lo que acontece no es lo que ocurre. Lo de fuera no es lo de dentro. Fuera está lo observado y dentro lo contemplado. 

Nada es perfecto hasta que no vemos esa falla. Nada es completo. El tiempo no es solo tiempo, ni el espacio es solo espacio. La grieta nos muestra lo inesperado: el tejido de lo no dicho, de lo escaso e incompleto. Dos mundos conectados por un abismo, separados por un hilo. 

Solo nos queda permanecer, observar, contemplar con admiración. La fractura nos muestra lo sagrado e inmarcesible. Lo inapreciado. Lo inaccesible. Lo profundo y negro que todo lo permea. No podemos extraerlo y transformarlo, colorearlo. No podemos tocarlo y utilizarlo. Ni siquiera Él. Y lo sabe. Solo percibirlo y esperar a que se manifieste de forma espontánea y caótica. Sin ápice de orden.

Él ya sabe que solo nos queda amar lo que vemos, lo que sentimos. Eso sagrado. Solo Él lo sabe y no lo revela. Nunca lo dirá. No puede. Nunca lo sabremos. Aunque nos angustie el vacío y la ruina. La única esperanza, la aceptación. La paciencia. La compasión. Siempre seremos incompletos. Deliciosamente imperfectos. Ahí está la belleza. Y Él lo sabe.